Nadie y nada me esperaban en Verona pese a lo que había dicho a Valentino en Venecia. Salí huyendo de allí por miedo a quedarme embobada en los brazos de un tipo inteligente y divertido los próximos treinta años de mi vida. Tuve que elegir entre ser coherente (o gilipollas, mucho se le parece) con mi hoja de ruta o soportar una moderada y próspera felicidad. Y me fui.
Me fui odiando el tren que me alejaba a falta de madurez para odiarme a mí misma por no estar a la altura de las circunstancias, por sacar a la luz todos los prejuicios trasnochados de la chica burguesita que juega a no tener prejuicios y que se jacta de viajar por el mundo sin ataduras emocionales y sin banderas en el corazón.
En realidad viajo atada a mi tarjeta visa oro y a un personaje que me representa y tras el cual resulta cómodo esconderse porque a nadie tiene que darle explicaciones la Daniela oculta que callada, al fondo, deja hacer a su alter ego. Callada y muerta de miedo.
Me aburrí en Verona no por culpa de la pulcra y ordenada ciudad del Véneto, sino por voluntad propia y plenamente consciente de lo que estaba pasando por delante de mí. No era sólo que me hubiese encoñado a las primeras de cambio, o que tanto tiempo fuera de algo parecido a mi casa me estuviera pasando factura. Sencillamente empezaba a no gustarme lo que hacía, o mejor dicho, empezaba a aceptar que nunca me había gustado yo.
Recordé visitando la Arena veronesa, toda engalanada con decorados de cartón piedra para la representación anual de la ópera de Verdi, Aída, un fragmento escrito por mi tío Pololo en alguna de sus inéditas y crípticas obras: “lo fácil es ser Ulises, Odiseo, y largarse por el mundo a vivir mil aventuras y follarse a las sirenas. Lo jodido es permanecer como el herrero de Ítaca, toda la vida en esa puta isla haciendo año tras año el mismo trabajo, rodeado de la misma y castrante familia y con las cabras dando por el culo día y noche”.
Para cuando llegué mentalmente al final de esa cita literaria ya estaba bajo el balcón de Julieta y las lágrimas que se me escaparon, y que nada tenían que ver con el endulzado relato de Shakespeare y menos con la pantomima turística y comercial que tienen montada en torno a los capuletos y a los montescos, me hicieron sentir vulnerable y frágil como nunca hasta entonces. Por primera vez fui extranjera, apátrida o exiliada, por no tener una excusa ni una tarjeta de embarque con la que esquivar mi ansiedad.
No era pena ni nostalgia ni emoción contenida ni cansancio, no. Sufrí miedo, miedo a ser una gran mentira en fase de descomposición. Escribí sobre el muro de los enamorados un sincero ‘poor William’ (si pasáis por allí lo veréis) y escapé entre empellones y tropiezos torpes de la riada de iletrados que abordaban la morada virtual de esos dos amantes que ni existieron ni se amaron. Ésa era la clase de mentira en la que me aterraba haberme convertido.
Somos lo que odiamos. Me martilleaba una y otra vez con esa sentencia cargada de petulancia y verdad a partes iguales. Si odiaba el amor dramatizado de los Romeos y Julietas, el compromiso, la rutina, el escenario único, la postal de rigor, las frases hechas, el olor de lo cotidiano, las vacaciones en agosto, la visita de la suegra, el verde Ikea de las oficinas… ¿me convertía automáticamente en eso? En parte sí.
Me acerqué hasta el río, o el meandro urbano del Adige, y apoyada en el muro que hace las veces de mirador, frente al Teatro romano en la otra orilla, vomité como una adolescente cogorzona todo lo que soy, lo que odio y hasta al herrero de Ítaca.
La mente revuelta había traspasado el problema al estómago y éste se quitó el muerto de encima. Por el Ponte Pietra, a escasos metros de mí, paseaban parejitas de la mano y algunas aferraban candados a los hierros que despuntaban de la estructura pétrea en una demostración ilusa y manida de amor eterno en la ciudad del amor eterno y muerto.
Dos chicos jóvenes que paseaban por allí se preocuparon por mi estado, más guasones que solícitos, posiblemente entusiasmados con la idea de ligarse a una borracha y llevársela a su residencia de estudiantes pese al aliento oxidado que debía tener en ese momento.
Agradecí sus atenciones con una media sonrisa y les dejé allí, mirando mi culo mientras ponía distancia entre ellos y yo y el río y el vómito que flotaría para regocijo de los patos hambrientos que poco entienden de zozobras y menos cuando se pueden llevar un tropezón de milanesa al buche.
Atravesé a paso ligero la Piazza delle Erbe sin mostrar interés alguno por sus encantos y con un persistente zumbido en los oídos preludio de un intenso dolor de cabeza y de una larga noche de insomnio estéril. Fui poco a poco saliendo del centro urbano, caminando cada vez más solitaria y ajena a lo que me rodeaba, fuese del siglo XVI o del XXI o de cartón piedra. Alcé por educación la vista ante el imponente Castelvecchio y enfilé directa por el Corso de Porta Nuova hacia el hotel que había reservado próximo a la estación de tren.
Llegué a la habitación sin pasar por recepción, recogí la ropa que había sacado de la maleta y volví a meterla en ella. Me cepillé los dientes para quitarme el regusto de la papilla y me mojé la cara y la nuca con agua fría. Al incorporarme con la toalla en las manos, fijé la vista en el espejo y vi lo mismo de siempre. Las revelaciones pocas veces se dan en medio de los lugares comunes.
Guardé el ordenador portátil en su maletín y dejé la webcam sobre la mesilla de noche, de regalo para el próximo huésped. Se acabaron los viajes virtuales, el sexo pixelado y la anestesia de mini-bar. Adiós Odisea, hola herrera.
En la estación consulté los horarios de trenes y finalmente decidí alquilar un coche que devolvería en el mostrador de Avis del aeropuerto de Milán. Conduje tranquila por la autopista sin música ni paradas, sin pena por irme tan precipitadamente y con la esperanza de llegar a tiempo de tomar un avión rumbo a Ítaca.
Cerré los ojos al tiempo que la aeronave despegaba. Ni Bellow, ni Updike, ni siquiera el último libro de Óscar Terol me tentaron lo suficiente para evitar el sueño. Si dejaba de pensar dejaba de odiarme.
Lo siguiente fue el mar Cantábrico. Había hecho escala en Barcelona y por fin aterrizado en Santander. Antes de buscar alojamiento me dejé caer por la playa del Sardinero y rememoré los primeros seis años de mi vida en esta burbuja casi utópica de la que me sacaron sin preguntar y sin bombona de oxígeno. Había vuelto.
No hay lugares en el mundo que te estén esperando, ni sitios que te inviten a quedarte para siempre, todo eso es una chorrada detrás de otra para sostener una película o una campaña turística. A las plazas, las bahías, las fuentes les importamos una mierda, y cuanta más añoranza les procesamos más alto se descojonan de nosotros. Pocas casas duran más que los que hemos nacido en ellas, a la mayoría las perdemos de vista y las cambiamos por otras nuevas en las que nacen otros seres a los que nada les ata al lar original. Si fuese de otro modo, yo debería pasar la Nochebuena en las Cuevas de Altamira.
Sin embargo, quise ver el piso en el que me crié, el colegió en el que me enseñaron a leer y a tener miedo de lo nuevo y desconocido. Me entristeció comprobar que la calle Menéndez y Pelayo era más estrecha de lo que recordaba y que el pub Oliver snack bar se había convertido en una tienda de decoración zen. En frente, con tan sólo cruzar la vía, el casón decimonónico propiedad de unas terratenientes solteronas en el que tanto tiempo pasé jugando con las tortugas del jardín y montando a caballito sobre Tere, la más joven de las tres viejas, se había convertido en un edificio de apartamentos de lujo independientes unos de otros. Mi infancia se había extinguido entre los planos de un aparejador.
La fachada rehabilitada y la escalera en zigzag de piedra con su balaustrada blanca que ascendía desde la acera de la calle hasta el portalón brillaban más me nunca pero sin alma alguna. Lo nuevo no me pertenecía y las paredes desconchadas y grises no eran ni un recuerdo para los que ahora vivían dentro. La calefacción de leña que caldeaba con dificultad desde el sótano los pisos superiores y de la que emanaba un olor a norte y a frío húmedo y a antigüedad había sido sustituida por un depósito de fueloil.
En vez de perros labradores (Piti se llamaba mi mejor amigo, un gruñón bondadoso y vago de eternos 18 años) había cámaras de vídeo-vigilancia y la cochera ya no guardaba un Hispano-Suiza K6 de 30C, sino un todo terreno 4x4 con una pareja y tres niños en su interior de cuero. Los miré cuando salieron y ninguno de ellos tenía cara de solterona ni de terrateniente ni se les veía predispuestos a montarme a caballito. En lugar de naranjos y limoneros, palmeras.
Poco más tenía que hacer allí. Ni Odisea ni herrera. A fuerza de buscarlo me había quedado sin terreno propio. Hasta Ítaca había sucumbido al tic-tac de renovarse-morir renovado. Y esa fórmula era aplicable a todas las facetas de mi vida: mis amigos siempre hablan otro idioma, mis amores me esperan en la siguiente página del pasaporte y mi trabajo consiste en no ver la cara del que me paga. Tengo experiencia en jet lag, en desayunos continentales, en compartimentos de tren y normas de seguridad aérea. Puedo caminar a oscuras en la habitación de un hotel sin golpearme y hasta comer con palillos chinos un steak tartar.
Pero si dejo de moverme no existo.
En aquel puente de Verona intuí todo esto. Y sobre este puente de la M-30 madrileña tengo la certeza. Soy lo que soñé y lo que odio. No creo que se pueda separar lo uno de lo otro. Y por qué habría de hacerlo. No sé fraguar una herradura ni tampoco qué hacer a partir de aquí. He convertido el trono y el váter en un mismo hito del camino y ahora me viene a la cabeza el beso que me dieron a los 10 años sobre esta misma pasarela gris y contaminada. El chico quería casarse conmigo y comprar una casa adosada con jardín en Arturo Soria. Ese mismo verano viajé a Inglaterra para aprender inglés y a la vuelta mi novio ya tenía otra candidata entre manos. No sufrí de desamor pero comprendí que la única manera de evitar una pérdida era no regresando y teniendo muchos novios a la vez.
Sin embargo, me temo que la tranquilidad reside en el conformismo y en el aguante. Que puedes correr pero no huir. Que los husos horarios trastocan el metabolismo pero dejan intacta la angustia. Que el constante cambio consiste a la larga en hacer siempre lo mismo. Que si no eres capaz de adaptarte al puchero de tu madre difícilmente un kiwi en Auckland te hará sentirte en casa.
Con todo, no estoy segura de querer cambiar el Bósforo por ver crecer a una tortuga y un limonero con el ruido de las olas o de los coches de fondo. Ni de si disfrutaría de una charla con Odiseo sobre el tiempo o la liga de fútbol en la mesa camilla de mi casa con jardín. Ni de que un beso con treinta años sepa igual que con diez. No me veo cerrando un candado en este puente de la M-30 y tirando la llave a la vía de servicio, ni escribiendo recetas de mermelada en un blog. Técnicamente, estoy en tierra de nadie, como en el trozo de frontera neutral que hay entre las dos Coreas. Y ni me atrae la del norte ni me apetece volver a la del sur.
Por la tarde iré hasta el kilómetro cero y luego, dejaré de escribir.
Una estufa de fueloil podrá dar calor pero ninguna esperanza.
Me fui odiando el tren que me alejaba a falta de madurez para odiarme a mí misma por no estar a la altura de las circunstancias, por sacar a la luz todos los prejuicios trasnochados de la chica burguesita que juega a no tener prejuicios y que se jacta de viajar por el mundo sin ataduras emocionales y sin banderas en el corazón.
En realidad viajo atada a mi tarjeta visa oro y a un personaje que me representa y tras el cual resulta cómodo esconderse porque a nadie tiene que darle explicaciones la Daniela oculta que callada, al fondo, deja hacer a su alter ego. Callada y muerta de miedo.
Me aburrí en Verona no por culpa de la pulcra y ordenada ciudad del Véneto, sino por voluntad propia y plenamente consciente de lo que estaba pasando por delante de mí. No era sólo que me hubiese encoñado a las primeras de cambio, o que tanto tiempo fuera de algo parecido a mi casa me estuviera pasando factura. Sencillamente empezaba a no gustarme lo que hacía, o mejor dicho, empezaba a aceptar que nunca me había gustado yo.
Recordé visitando la Arena veronesa, toda engalanada con decorados de cartón piedra para la representación anual de la ópera de Verdi, Aída, un fragmento escrito por mi tío Pololo en alguna de sus inéditas y crípticas obras: “lo fácil es ser Ulises, Odiseo, y largarse por el mundo a vivir mil aventuras y follarse a las sirenas. Lo jodido es permanecer como el herrero de Ítaca, toda la vida en esa puta isla haciendo año tras año el mismo trabajo, rodeado de la misma y castrante familia y con las cabras dando por el culo día y noche”.
Para cuando llegué mentalmente al final de esa cita literaria ya estaba bajo el balcón de Julieta y las lágrimas que se me escaparon, y que nada tenían que ver con el endulzado relato de Shakespeare y menos con la pantomima turística y comercial que tienen montada en torno a los capuletos y a los montescos, me hicieron sentir vulnerable y frágil como nunca hasta entonces. Por primera vez fui extranjera, apátrida o exiliada, por no tener una excusa ni una tarjeta de embarque con la que esquivar mi ansiedad.
No era pena ni nostalgia ni emoción contenida ni cansancio, no. Sufrí miedo, miedo a ser una gran mentira en fase de descomposición. Escribí sobre el muro de los enamorados un sincero ‘poor William’ (si pasáis por allí lo veréis) y escapé entre empellones y tropiezos torpes de la riada de iletrados que abordaban la morada virtual de esos dos amantes que ni existieron ni se amaron. Ésa era la clase de mentira en la que me aterraba haberme convertido.
Somos lo que odiamos. Me martilleaba una y otra vez con esa sentencia cargada de petulancia y verdad a partes iguales. Si odiaba el amor dramatizado de los Romeos y Julietas, el compromiso, la rutina, el escenario único, la postal de rigor, las frases hechas, el olor de lo cotidiano, las vacaciones en agosto, la visita de la suegra, el verde Ikea de las oficinas… ¿me convertía automáticamente en eso? En parte sí.
Me acerqué hasta el río, o el meandro urbano del Adige, y apoyada en el muro que hace las veces de mirador, frente al Teatro romano en la otra orilla, vomité como una adolescente cogorzona todo lo que soy, lo que odio y hasta al herrero de Ítaca.
La mente revuelta había traspasado el problema al estómago y éste se quitó el muerto de encima. Por el Ponte Pietra, a escasos metros de mí, paseaban parejitas de la mano y algunas aferraban candados a los hierros que despuntaban de la estructura pétrea en una demostración ilusa y manida de amor eterno en la ciudad del amor eterno y muerto.
Dos chicos jóvenes que paseaban por allí se preocuparon por mi estado, más guasones que solícitos, posiblemente entusiasmados con la idea de ligarse a una borracha y llevársela a su residencia de estudiantes pese al aliento oxidado que debía tener en ese momento.
Agradecí sus atenciones con una media sonrisa y les dejé allí, mirando mi culo mientras ponía distancia entre ellos y yo y el río y el vómito que flotaría para regocijo de los patos hambrientos que poco entienden de zozobras y menos cuando se pueden llevar un tropezón de milanesa al buche.
Atravesé a paso ligero la Piazza delle Erbe sin mostrar interés alguno por sus encantos y con un persistente zumbido en los oídos preludio de un intenso dolor de cabeza y de una larga noche de insomnio estéril. Fui poco a poco saliendo del centro urbano, caminando cada vez más solitaria y ajena a lo que me rodeaba, fuese del siglo XVI o del XXI o de cartón piedra. Alcé por educación la vista ante el imponente Castelvecchio y enfilé directa por el Corso de Porta Nuova hacia el hotel que había reservado próximo a la estación de tren.
Llegué a la habitación sin pasar por recepción, recogí la ropa que había sacado de la maleta y volví a meterla en ella. Me cepillé los dientes para quitarme el regusto de la papilla y me mojé la cara y la nuca con agua fría. Al incorporarme con la toalla en las manos, fijé la vista en el espejo y vi lo mismo de siempre. Las revelaciones pocas veces se dan en medio de los lugares comunes.
Guardé el ordenador portátil en su maletín y dejé la webcam sobre la mesilla de noche, de regalo para el próximo huésped. Se acabaron los viajes virtuales, el sexo pixelado y la anestesia de mini-bar. Adiós Odisea, hola herrera.
En la estación consulté los horarios de trenes y finalmente decidí alquilar un coche que devolvería en el mostrador de Avis del aeropuerto de Milán. Conduje tranquila por la autopista sin música ni paradas, sin pena por irme tan precipitadamente y con la esperanza de llegar a tiempo de tomar un avión rumbo a Ítaca.
Cerré los ojos al tiempo que la aeronave despegaba. Ni Bellow, ni Updike, ni siquiera el último libro de Óscar Terol me tentaron lo suficiente para evitar el sueño. Si dejaba de pensar dejaba de odiarme.
Lo siguiente fue el mar Cantábrico. Había hecho escala en Barcelona y por fin aterrizado en Santander. Antes de buscar alojamiento me dejé caer por la playa del Sardinero y rememoré los primeros seis años de mi vida en esta burbuja casi utópica de la que me sacaron sin preguntar y sin bombona de oxígeno. Había vuelto.
No hay lugares en el mundo que te estén esperando, ni sitios que te inviten a quedarte para siempre, todo eso es una chorrada detrás de otra para sostener una película o una campaña turística. A las plazas, las bahías, las fuentes les importamos una mierda, y cuanta más añoranza les procesamos más alto se descojonan de nosotros. Pocas casas duran más que los que hemos nacido en ellas, a la mayoría las perdemos de vista y las cambiamos por otras nuevas en las que nacen otros seres a los que nada les ata al lar original. Si fuese de otro modo, yo debería pasar la Nochebuena en las Cuevas de Altamira.
Sin embargo, quise ver el piso en el que me crié, el colegió en el que me enseñaron a leer y a tener miedo de lo nuevo y desconocido. Me entristeció comprobar que la calle Menéndez y Pelayo era más estrecha de lo que recordaba y que el pub Oliver snack bar se había convertido en una tienda de decoración zen. En frente, con tan sólo cruzar la vía, el casón decimonónico propiedad de unas terratenientes solteronas en el que tanto tiempo pasé jugando con las tortugas del jardín y montando a caballito sobre Tere, la más joven de las tres viejas, se había convertido en un edificio de apartamentos de lujo independientes unos de otros. Mi infancia se había extinguido entre los planos de un aparejador.
La fachada rehabilitada y la escalera en zigzag de piedra con su balaustrada blanca que ascendía desde la acera de la calle hasta el portalón brillaban más me nunca pero sin alma alguna. Lo nuevo no me pertenecía y las paredes desconchadas y grises no eran ni un recuerdo para los que ahora vivían dentro. La calefacción de leña que caldeaba con dificultad desde el sótano los pisos superiores y de la que emanaba un olor a norte y a frío húmedo y a antigüedad había sido sustituida por un depósito de fueloil.
En vez de perros labradores (Piti se llamaba mi mejor amigo, un gruñón bondadoso y vago de eternos 18 años) había cámaras de vídeo-vigilancia y la cochera ya no guardaba un Hispano-Suiza K6 de 30C, sino un todo terreno 4x4 con una pareja y tres niños en su interior de cuero. Los miré cuando salieron y ninguno de ellos tenía cara de solterona ni de terrateniente ni se les veía predispuestos a montarme a caballito. En lugar de naranjos y limoneros, palmeras.
Poco más tenía que hacer allí. Ni Odisea ni herrera. A fuerza de buscarlo me había quedado sin terreno propio. Hasta Ítaca había sucumbido al tic-tac de renovarse-morir renovado. Y esa fórmula era aplicable a todas las facetas de mi vida: mis amigos siempre hablan otro idioma, mis amores me esperan en la siguiente página del pasaporte y mi trabajo consiste en no ver la cara del que me paga. Tengo experiencia en jet lag, en desayunos continentales, en compartimentos de tren y normas de seguridad aérea. Puedo caminar a oscuras en la habitación de un hotel sin golpearme y hasta comer con palillos chinos un steak tartar.
Pero si dejo de moverme no existo.
En aquel puente de Verona intuí todo esto. Y sobre este puente de la M-30 madrileña tengo la certeza. Soy lo que soñé y lo que odio. No creo que se pueda separar lo uno de lo otro. Y por qué habría de hacerlo. No sé fraguar una herradura ni tampoco qué hacer a partir de aquí. He convertido el trono y el váter en un mismo hito del camino y ahora me viene a la cabeza el beso que me dieron a los 10 años sobre esta misma pasarela gris y contaminada. El chico quería casarse conmigo y comprar una casa adosada con jardín en Arturo Soria. Ese mismo verano viajé a Inglaterra para aprender inglés y a la vuelta mi novio ya tenía otra candidata entre manos. No sufrí de desamor pero comprendí que la única manera de evitar una pérdida era no regresando y teniendo muchos novios a la vez.
Sin embargo, me temo que la tranquilidad reside en el conformismo y en el aguante. Que puedes correr pero no huir. Que los husos horarios trastocan el metabolismo pero dejan intacta la angustia. Que el constante cambio consiste a la larga en hacer siempre lo mismo. Que si no eres capaz de adaptarte al puchero de tu madre difícilmente un kiwi en Auckland te hará sentirte en casa.
Con todo, no estoy segura de querer cambiar el Bósforo por ver crecer a una tortuga y un limonero con el ruido de las olas o de los coches de fondo. Ni de si disfrutaría de una charla con Odiseo sobre el tiempo o la liga de fútbol en la mesa camilla de mi casa con jardín. Ni de que un beso con treinta años sepa igual que con diez. No me veo cerrando un candado en este puente de la M-30 y tirando la llave a la vía de servicio, ni escribiendo recetas de mermelada en un blog. Técnicamente, estoy en tierra de nadie, como en el trozo de frontera neutral que hay entre las dos Coreas. Y ni me atrae la del norte ni me apetece volver a la del sur.
Por la tarde iré hasta el kilómetro cero y luego, dejaré de escribir.
Una estufa de fueloil podrá dar calor pero ninguna esperanza.
