{Verona y Santander y M-30} ¡Arre, arre, caballito!

Nadie y nada me esperaban en Verona pese a lo que había dicho a Valentino en Venecia. Salí huyendo de allí por miedo a quedarme embobada en los brazos de un tipo inteligente y divertido los próximos treinta años de mi vida. Tuve que elegir entre ser coherente (o gilipollas, mucho se le parece) con mi hoja de ruta o soportar una moderada y próspera felicidad. Y me fui.

Me fui odiando el tren que me alejaba a falta de madurez para odiarme a mí misma por no estar a la altura de las circunstancias, por sacar a la luz todos los prejuicios trasnochados de la chica burguesita que juega a no tener prejuicios y que se jacta de viajar por el mundo sin ataduras emocionales y sin banderas en el corazón.

En realidad viajo atada a mi tarjeta visa oro y a un personaje que me representa y tras el cual resulta cómodo esconderse porque a nadie tiene que darle explicaciones la Daniela oculta que callada, al fondo, deja hacer a su alter ego. Callada y muerta de miedo.

Me aburrí en Verona no por culpa de la pulcra y ordenada ciudad del Véneto, sino por voluntad propia y plenamente consciente de lo que estaba pasando por delante de mí. No era sólo que me hubiese encoñado a las primeras de cambio, o que tanto tiempo fuera de algo parecido a mi casa me estuviera pasando factura. Sencillamente empezaba a no gustarme lo que hacía, o mejor dicho, empezaba a aceptar que nunca me había gustado yo.

Recordé visitando la Arena veronesa, toda engalanada con decorados de cartón piedra para la representación anual de la ópera de Verdi, Aída, un fragmento escrito por mi tío Pololo en alguna de sus inéditas y crípticas obras: “lo fácil es ser Ulises, Odiseo, y largarse por el mundo a vivir mil aventuras y follarse a las sirenas. Lo jodido es permanecer como el herrero de Ítaca, toda la vida en esa puta isla haciendo año tras año el mismo trabajo, rodeado de la misma y castrante familia y con las cabras dando por el culo día y noche”.

Para cuando llegué mentalmente al final de esa cita literaria ya estaba bajo el balcón de Julieta y las lágrimas que se me escaparon, y que nada tenían que ver con el endulzado relato de Shakespeare y menos con la pantomima turística y comercial que tienen montada en torno a los capuletos y a los montescos, me hicieron sentir vulnerable y frágil como nunca hasta entonces. Por primera vez fui extranjera, apátrida o exiliada, por no tener una excusa ni una tarjeta de embarque con la que esquivar mi ansiedad.

No era pena ni nostalgia ni emoción contenida ni cansancio, no. Sufrí miedo, miedo a ser una gran mentira en fase de descomposición. Escribí sobre el muro de los enamorados un sincero ‘poor William’ (si pasáis por allí lo veréis) y escapé entre empellones y tropiezos torpes de la riada de iletrados que abordaban la morada virtual de esos dos amantes que ni existieron ni se amaron. Ésa era la clase de mentira en la que me aterraba haberme convertido.

Somos lo que odiamos. Me martilleaba una y otra vez con esa sentencia cargada de petulancia y verdad a partes iguales. Si odiaba el amor dramatizado de los Romeos y Julietas, el compromiso, la rutina, el escenario único, la postal de rigor, las frases hechas, el olor de lo cotidiano, las vacaciones en agosto, la visita de la suegra, el verde Ikea de las oficinas… ¿me convertía automáticamente en eso? En parte sí.

Me acerqué hasta el río, o el meandro urbano del Adige, y apoyada en el muro que hace las veces de mirador, frente al Teatro romano en la otra orilla, vomité como una adolescente cogorzona todo lo que soy, lo que odio y hasta al herrero de Ítaca.

La mente revuelta había traspasado el problema al estómago y éste se quitó el muerto de encima. Por el Ponte Pietra, a escasos metros de mí, paseaban parejitas de la mano y algunas aferraban candados a los hierros que despuntaban de la estructura pétrea en una demostración ilusa y manida de amor eterno en la ciudad del amor eterno y muerto.

Dos chicos jóvenes que paseaban por allí se preocuparon por mi estado, más guasones que solícitos, posiblemente entusiasmados con la idea de ligarse a una borracha y llevársela a su residencia de estudiantes pese al aliento oxidado que debía tener en ese momento.

Agradecí sus atenciones con una media sonrisa y les dejé allí, mirando mi culo mientras ponía distancia entre ellos y yo y el río y el vómito que flotaría para regocijo de los patos hambrientos que poco entienden de zozobras y menos cuando se pueden llevar un tropezón de milanesa al buche.

Atravesé a paso ligero la Piazza delle Erbe sin mostrar interés alguno por sus encantos y con un persistente zumbido en los oídos preludio de un intenso dolor de cabeza y de una larga noche de insomnio estéril. Fui poco a poco saliendo del centro urbano, caminando cada vez más solitaria y ajena a lo que me rodeaba, fuese del siglo XVI o del XXI o de cartón piedra. Alcé por educación la vista ante el imponente Castelvecchio y enfilé directa por el Corso de Porta Nuova hacia el hotel que había reservado próximo a la estación de tren.

Llegué a la habitación sin pasar por recepción, recogí la ropa que había sacado de la maleta y volví a meterla en ella. Me cepillé los dientes para quitarme el regusto de la papilla y me mojé la cara y la nuca con agua fría. Al incorporarme con la toalla en las manos, fijé la vista en el espejo y vi lo mismo de siempre. Las revelaciones pocas veces se dan en medio de los lugares comunes.

Guardé el ordenador portátil en su maletín y dejé la webcam sobre la mesilla de noche, de regalo para el próximo huésped. Se acabaron los viajes virtuales, el sexo pixelado y la anestesia de mini-bar. Adiós Odisea, hola herrera.

En la estación consulté los horarios de trenes y finalmente decidí alquilar un coche que devolvería en el mostrador de Avis del aeropuerto de Milán. Conduje tranquila por la autopista sin música ni paradas, sin pena por irme tan precipitadamente y con la esperanza de llegar a tiempo de tomar un avión rumbo a Ítaca.

Cerré los ojos al tiempo que la aeronave despegaba. Ni Bellow, ni Updike, ni siquiera el último libro de Óscar Terol me tentaron lo suficiente para evitar el sueño. Si dejaba de pensar dejaba de odiarme.

Lo siguiente fue el mar Cantábrico. Había hecho escala en Barcelona y por fin aterrizado en Santander. Antes de buscar alojamiento me dejé caer por la playa del Sardinero y rememoré los primeros seis años de mi vida en esta burbuja casi utópica de la que me sacaron sin preguntar y sin bombona de oxígeno. Había vuelto.

No hay lugares en el mundo que te estén esperando, ni sitios que te inviten a quedarte para siempre, todo eso es una chorrada detrás de otra para sostener una película o una campaña turística. A las plazas, las bahías, las fuentes les importamos una mierda, y cuanta más añoranza les procesamos más alto se descojonan de nosotros. Pocas casas duran más que los que hemos nacido en ellas, a la mayoría las perdemos de vista y las cambiamos por otras nuevas en las que nacen otros seres a los que nada les ata al lar original. Si fuese de otro modo, yo debería pasar la Nochebuena en las Cuevas de Altamira.

Sin embargo, quise ver el piso en el que me crié, el colegió en el que me enseñaron a leer y a tener miedo de lo nuevo y desconocido. Me entristeció comprobar que la calle Menéndez y Pelayo era más estrecha de lo que recordaba y que el pub Oliver snack bar se había convertido en una tienda de decoración zen. En frente, con tan sólo cruzar la vía, el casón decimonónico propiedad de unas terratenientes solteronas en el que tanto tiempo pasé jugando con las tortugas del jardín y montando a caballito sobre Tere, la más joven de las tres viejas, se había convertido en un edificio de apartamentos de lujo independientes unos de otros. Mi infancia se había extinguido entre los planos de un aparejador.

La fachada rehabilitada y la escalera en zigzag de piedra con su balaustrada blanca que ascendía desde la acera de la calle hasta el portalón brillaban más me nunca pero sin alma alguna. Lo nuevo no me pertenecía y las paredes desconchadas y grises no eran ni un recuerdo para los que ahora vivían dentro. La calefacción de leña que caldeaba con dificultad desde el sótano los pisos superiores y de la que emanaba un olor a norte y a frío húmedo y a antigüedad había sido sustituida por un depósito de fueloil.

En vez de perros labradores (Piti se llamaba mi mejor amigo, un gruñón bondadoso y vago de eternos 18 años) había cámaras de vídeo-vigilancia y la cochera ya no guardaba un Hispano-Suiza K6 de 30C, sino un todo terreno 4x4 con una pareja y tres niños en su interior de cuero. Los miré cuando salieron y ninguno de ellos tenía cara de solterona ni de terrateniente ni se les veía predispuestos a montarme a caballito. En lugar de naranjos y limoneros, palmeras.

Poco más tenía que hacer allí. Ni Odisea ni herrera. A fuerza de buscarlo me había quedado sin terreno propio. Hasta Ítaca había sucumbido al tic-tac de renovarse-morir renovado. Y esa fórmula era aplicable a todas las facetas de mi vida: mis amigos siempre hablan otro idioma, mis amores me esperan en la siguiente página del pasaporte y mi trabajo consiste en no ver la cara del que me paga. Tengo experiencia en jet lag, en desayunos continentales, en compartimentos de tren y normas de seguridad aérea. Puedo caminar a oscuras en la habitación de un hotel sin golpearme y hasta comer con palillos chinos un steak tartar.

Pero si dejo de moverme no existo.

En aquel puente de Verona intuí todo esto. Y sobre este puente de la M-30 madrileña tengo la certeza. Soy lo que soñé y lo que odio. No creo que se pueda separar lo uno de lo otro. Y por qué habría de hacerlo. No sé fraguar una herradura ni tampoco qué hacer a partir de aquí. He convertido el trono y el váter en un mismo hito del camino y ahora me viene a la cabeza el beso que me dieron a los 10 años sobre esta misma pasarela gris y contaminada. El chico quería casarse conmigo y comprar una casa adosada con jardín en Arturo Soria. Ese mismo verano viajé a Inglaterra para aprender inglés y a la vuelta mi novio ya tenía otra candidata entre manos. No sufrí de desamor pero comprendí que la única manera de evitar una pérdida era no regresando y teniendo muchos novios a la vez.

Sin embargo, me temo que la tranquilidad reside en el conformismo y en el aguante. Que puedes correr pero no huir. Que los husos horarios trastocan el metabolismo pero dejan intacta la angustia. Que el constante cambio consiste a la larga en hacer siempre lo mismo. Que si no eres capaz de adaptarte al puchero de tu madre difícilmente un kiwi en Auckland te hará sentirte en casa.

Con todo, no estoy segura de querer cambiar el Bósforo por ver crecer a una tortuga y un limonero con el ruido de las olas o de los coches de fondo. Ni de si disfrutaría de una charla con Odiseo sobre el tiempo o la liga de fútbol en la mesa camilla de mi casa con jardín. Ni de que un beso con treinta años sepa igual que con diez. No me veo cerrando un candado en este puente de la M-30 y tirando la llave a la vía de servicio, ni escribiendo recetas de mermelada en un blog. Técnicamente, estoy en tierra de nadie, como en el trozo de frontera neutral que hay entre las dos Coreas. Y ni me atrae la del norte ni me apetece volver a la del sur.

Por la tarde iré hasta el kilómetro cero y luego, dejaré de escribir.

Una estufa de fueloil podrá dar calor pero ninguna esperanza.

{Venezia} Inchiostro di banano

Fui a Venecia a casarme con Pietro. Me presenté en la puerta de su casa vestida de marfil y sin bragas, tal y como habíamos bromeado en el vídeo-chat dos noches antes. Él me había pedido matrimonio con el mismo desparpajo con que me animaba a meterme un plátano por el culo delante de la cámara web. Esto no se lo concedí porque no tenía plátanos a mano.

Bajé del tren en la estación de Santa Luzia aún sin el disfraz, un poco harta de parar en todos los pueblos entre Milano y Mestre, y muerta de sed. El concepto italiano de trayecto directo tiene la misma consistencia que el corpus ético del primer ministro Silvio. Pero el aire acondicionado de los vagones funciona correctamente y además hay wi-fi gratuito para todos los viajeros, incluso para los que no saben lo que es.

Ya que el viaje duraría más de las dos horas previstas y señaladas en el billete del Eurostar City (qué nombre tan poco ampuloso, casi promete un itinerario hasta la constelación de Orión con escala técnica en Osa menor), aproveché para buscar por Internet una tienda de alquiler de trajes en la misma Venecia. La idea de ofrecerme como esposa iba tomando forma y debo reconocer que a mi reloj biológico le dada lo mismo pero a mi espíritu cabrón le entusiasmaba. El marco era incomparable, del consorte sólo conocía el rabo erecto y la silla negra de su despacho. Y el asunto más determinante: él ignoraba mis intenciones y seguramente ya me hubiera borrado de sus recuerdos húmedos. Menos es más.

En el 42 de vía Garibaldi había un local que alquilaba disfraces para el manido carnaval de la ciudad. Les envié un e-mail preguntando por las opciones de novias y en apenas media hora me contestaron con el catálogo disponible y sus correspondientes precios. El dinero no sería una preocupación, mi maridito se haría cargo de todo.

Elegí un traje del siglo XVII, de color marfil, con incrustaciones y bordados en seda gaseosa, muy ceñido en la cintura y con un generoso escote. Al decir que lo recogería en apenas una hora no me cobraron la reserva. Novia exprés hará su entrada en andén 7, cantaría la megafonía acompañada de un coro de castrati al arribar el tren.

El siguiente paso era encontrar la dirección de Pietro. Tenía su supuesto nombre, su teléfono móvil (que me había dado “por si alguna vez me dejaba caer por Venecia y me apetecía echar el mejor polvo de mi vida”) y la ciudad en la que vivía. No fue muy complicado dar con él.

Combinando esos datos en Google y con algo de pericia a la hora de descartar candidatos, descubrí que se dedicaba a vender consumibles para impresoras, que tenía un domicilio conocido y una oficina desde la que operaba con proveedores y clientes. Su casa no quedaba lejos de la tienda de disfraces, así que no tendría que recorrer media isla vestida de putona barroca ni someterme a los disparos de las cámaras de fotos de los turistas.

Venecia, así como Nueva York, es como te la imaginas, como te la han contado o como la has visto en el cine o en la televisión. Nada falta y casi todo sobra. En cuanto sales de la estación de tren tienes una primera impresión que resume la totalidad: un canal, las góndolas, los gondoleros con sus camisetas de rayas horizontales blancas y azules, una iglesia con la fachada principal engalanada con mármol blanco, dos palacios flanqueándola, los ruidosos vaporettos atestados de visitantes y un puente que une las dos orillas y en el que han pintado una flecha amarilla para no perder el rumbo y llegar a la plaza de San Marcos por la ruta más comercial posible.

Y pese a todo este festival del tópico que se cuela en la retina quieras o no, pese a la falta del factor sorpresa y pese a que estaba muerta de sed, una vez más me rendí a Venecia y a su decadente belleza cargada de una estética que nunca más se repetirá, ni histórica ni arquitectónicamente. Quizá resida ahí su encanto imposible, quizá sea el último ejemplo de un narcisismo urbano enfermizo y apabullante.

Tal concentración de pasada riqueza, de opulenta soberbia humana para sobreponerse al entorno y diseñar no para vivir sino para deleitarse o epatar al mercader paleto de fuera que se acerca a la ciudad-estado flotante para tratar con avispados judíos que todo lo miran a través del prima del 32% (de interés, de rédito, de salvación) sería insostenible en estos tiempos de viviendas de protección oficial, polígonos industriales y chalés adosados para subir de categoría social sin pasar por la universidad.

Estaba por tanto a punto de desposarme en el primer parque temático con ánimo de lucro y me sentía como una hortera de Ohio que traslada su tocado lacado hasta el palacio de Disney World para que la case allí el ratón Mickey o el perro Pluto. Lástima que el ratón de los orejones no pudiera acudir como testigo o como oficiante al mío. Si Salma Hayek no lo había conseguido convencer para su boda veneciana, pocas posibilidades tenía yo.

Saciada la sed en un pequeño café, seguí camino hasta el campanario de la plaza cargando con mi maleta de viaje. Tendría que haberla dejado en la consiga de la estación pero estimé que sería más romántico aportarla como dote a mi futuro marido y además la necesitaría para guardar mi ropa de civil una vez que me introdujese en el vestido marfil sin las bragas y me presentase escote en boca a mis suegros.

De casarnos habíamos hablado muy a la ligera, pero del convite ni eso. El pobre Pietro no tendría nada previsto, ni siquiera mi aparición, y es probable que tras la ceremonia (o el asesinato) pasáramos directamente al acto de desvirgarme con o sin plátano. Tocaba pues reponer fuerzas y comer algo antes de dar un giro copernicano precisamente aquí, en Italia.

Me apetecía algo dulce, quizá el plátano me había sugerido más de lo que pensaba, y opté por entrar en una heladería y probar una genuina miscelánea con todos los sabores posibles. Ya no tendría que preocuparme por las calorías ni por las lorzas porque mi maridito me querría siempre y con sus ojos miraría sólo en mi interior, donde belleza y flora se funden en una sola.

Pagué gustosa la exagerada cuenta sin mirar atrás y con el culo lleno de grasas pero aún prieto y grácil. Atravesé la plaza de San Marcos bajo la atenta y rijosa mirada del leoncito, saludé a los que asomaban por el mirador del campanario y me pareció que pedían auxilio con los tímpanos reventados por el tañido exagerado de las campanas, pasé por debajo de la arcada del palacio de los Uffizi y me dirigí hacia vía Garibaldi cruzando los puentes, entre ellos el de los suspiros, ¡ay!, ya con una sola idea en la cabeza: abrazarme a Pietro y decirle al oído que yo era la mujer sin bragas con la que siempre había soñado.

Un crucero de lujo casi tan grande como la propia ciudad avanzaba al trantrán por el Gran Canal atrayendo la atención de nativos y gentiles, despertando la envidia de cuantos preferían un césped artificial en la popa a una catedral de cinco cúpulas. Todo un mamut marino cargado de ensaladas mixtas y tetas de plástico, capaz de ocultar el sol por un momento y anexionarse el Lido si lo pidieran los jubilados del dólar y las bermudas. Apuesto a que el ratón orejudo sí animaría esa velada.

Ya en la tienda de trajes y disfraces me identifiqué y les di el número que me habían asignado para retirar el vestido. El hombre que atendía me invitó a pasar a la trastienda probador por si había que hacer algún retoque a las telas, gasas, empedrado y demás accesorios colgantes. Nada de eso, aquella estructura de ingeniería textil me quedaba como un guante, para pasmo del encargado y satisfacción mía.

El volumen de las tetas se multiplicaba por tres y eso no pasó desapercibido para el tipo. Le propuse dejar tocármelas si me hacía un descuento del 32%, y tras echar cuentas mentalmente durante unos segundos rechazó la oferta. Al género masculino le quitas una cámara web de delante y le sale el fenicio que lleva en el intestino delgado. Mejor, así mi nuevo busto llegaría intacto a las manos de Pietro.

Aproveché que el encargado volvió al mostrador a atender a otro cliente para quitarme las bragas y guardarlas en la maleta. Me sentía como una bailarina del hotel The Venetian en Las Vegas, lista para salir a escena entre canales artificiales y góndolas mono-raíl, mientras sueña con viajar algún día a la Venecia verdadera sin saber que no hay tanta diferencia entre copia y original, como no la hay entre bromear con una boda o con un plátano en el culo.

Formalicé el alquiler del traje por un día y al presentarme la factura pedí que la enviase a casa de mi futuro esposo, dejando para ello constancia de su nombre y dirección. Al encargado no le hizo mucha gracia esta desviación del cobro y solicitó un número de tarjeta de crédito por si el afortunado casamentero se negaba a soltar la mosca. Entonces se me ocurrió algo parecido a una jugada maestra: invitarle a que fuera nuestro testigo de boda (mi ratón orejudo particular), de esa forma estaría cerca del retal durante el tiempo que yo los llevase puesto y podría exigir el pago del mismo al tiempo que nos pasaba las arras, los anillos y el plátano nupcial.

Creo que en cualquier otra circunstancia, país, ciudad y época, el tendero hubiera llamado con urgencia a la policía para que me detuviese y me quitase el vestido aunque fuese a cañonazos. Sin embargo no fue así. Está vez aceptó con una única condición: tocarme las tetas sin el 32% de descuento.

Con mi ego y su libido restituidos y en su sitio salimos de la tienda, le ayudé a echar el cierre y le recordé la dirección en la que encontraríamos a mi prometido y paganini. Dijo que estaba cerca y que podíamos ir en su barquita a motor. No se me ocurría una mejor forma de aparecer que embutida en el siglo XVII y a bordo de una patera del amor. Pietro caería rendida a mis pies y si se descuidaba al agua también.

Navegamos por canales sucios y estrechos, desde los puentes nos tiraban fotos al tiempo que yo repartía besos de novia orgullosa y primorosa. El tendero me preguntó cuánto tiempo había durado nuestro noviazgo y yo le expliqué que el tiempo ya no era relativo sino virtual y que nuestra historia había que medirla en gigas y no en años. Me miró las tetas con nostalgia y no quiso ahondar más en el asunto.

En apenas diez minutos llegamos al destino, a mi destino. El testigo tendero barquero sacó de un pequeño compartimento una elegante chaqueta negra y una corbata plateada. Se diría que ejercía en bodas y bautizos todos los días. Eso me daba confianza, llegados a este punto no quería dejar nada al azar.

Pisé tierra casi firme y llamé al timbre de un caserón antiguo y bastante destartalado. Me coloqué las tetas para afianzar el primer contacto visual y crucé los dedos para que la dirección fuera la correcta y Pietro el hombre adecuado. Como bien sabe Kundera, la broma hace al monje.

Abrió la puerta una mujer rolliza de rostro bello y ropas descuidadas. Tenía un crío tirando de ella por detrás y se oía de fondo los ladridos lastimeros de un perro condenado a salir a mear con flotador.

La mujer me miró tan sorprendida como divertida. Escrutó mi traje de arriba abajo y con sus verdes ojos clavados en los míos quiso saber qué me traía a su casa de esa guisa.

Escuché al tendero haciendo una llamada telepática a los carabinieri y devolviéndome el roce de las tetas a cambio de su 32%. Pero me sobrepuse y pregunté a la mujer por Pietro, sin dar más detalles que su nombre de pila. Si por casualidad era su hermana, podía decir que me gustaban mi cuñada y mi sobrino. Y el perro también.

El crío se adelantó hasta colocarse frente a mí y le preguntó a su madre por qué iba yo vestida así. Ella no dijo nada al respecto y se limitó a explicarme que era la esposa de Pietro y que éste aún estaba en su oficina. Si podía ayudarme ella en algo, encantada, y si no, sería mejor que lo llamase al móvil o que me acercase a dicha oficina de ser muy urgente.

No era urgente, le dije, necesitaba unos cartuchos de una tinta especial –de plátano-para las impresoras de mi negocio que le había pedido la semana pasada y ya que me pillaba de paso me había parado por si los tenía en casa. La mujer se ofreció a mirar en el trastero pero le rogué que no se molestara, que había sido una ocurrencia alocada pasarme por allí y que además tenía que irme ya, o la fiesta de disfraces empezaría sin mí.

Me felicitó por el traje y me aseguró que le diría a Pietro que había estado allí y que por favor me sirviera los cartuchos de tinta lo antes posible. Se lo agradecí y le dejé mi nombre: Daniela, la de los plátanos. Él ya sabría quién soy. Me despedí del crío con una reverencia arrancando su sonrisa y volví al barco.

Antes de que el tendero abriese la boca, saqué de mi bolso una tarjeta de crédito y se la enseñé para que pudiese respirar de nuevo. Su mirada se llenó de ternura y no pudo evitar preguntarme si me sentía triste. Al contrario.

Dimos media vuelta en dirección a la tienda de trajes y disfraces. La verdad es que tener este provocador pecho no compensaba la incomodidad de llevar al Antiguo Régimen ceñido al cuerpo. En el probador me quité mi vestido de novia y lo dejé sobre una silla para que su legítimo dueño comprobara su estado. Recuperé mis bragas y ya con unas tetas más racionales me dispuse a pagar por el día de alquiler.

Valentino, que así se llamaba el tendero, tuvo el detalle de cobrarme sólo el equivalente a dos horas de uso. Me pareció justo aunque hubiera pagado cualquier precio. Firmé el comprobante y me despedí. Valentino me dio las gracias y me emplazó hasta mi próxima boda. Me gustó la broma.

Y porque me gustó la broma esa noche cené con Valentino y follamos muy a gusto en mi hotel y al día siguiente me acompañó hasta la estación de tren y me prometió algo que nadie me había prometido antes: si vuelves a Venecia nos reiremos aquí, y si me llamas desde otro sitio iré para reírnos allí.

Me hubiera quedado allí parada, besando esa boca y mordiendo esa oreja tan lujuriosa y sorbiendo por fin los sesos inteligentes y divertidos de un hombre, si no hubiera sido por que un 32% de mí ya estaba en Verona. Deseé un contrato matrimonial sellado con risas y me reservé el derecho de exigirlo en mi próxima visita.

Sólo una imbécil como yo podría decir otra vez que Venecia, como Nueva York, es tal y como la imaginas, tal y como te la cuentan, tal y como la has visto en la tele o en el cine. Grazie, Valentino. Grazie, Mickey.

{Milano} il asino virtuale

Llegué a Milano procedente de Kiev 36 horas después de haber apagado mi cámara web y mi ordenador portátil en aquella habitación de hotel. No me sometí a la tiranía de mi público, no me masturbé para ellos, ni me desnudé. Tenía muchas ganas de mear todo lo bebido pero lo hice discretamente en el cuarto de baño. Dije adiós en varios idiomas y me despidieron complacidos: puta calientapollas.

La capital lombarda era la primera etapa de un corto giro planeado sin orden ni concierto, guiada sencillamente por el pálpito que me produjo la invitación escrita de un tal GrandeEnzo: “Daniela, ho aspettato per voi con le braccia aperte e il cazzo duro”. Prometedor. Enzo sería mi primer culo de la verdad.

El chico cumplió la parte inicial del trato y acudió a buscarme al aeropuerto de Malpensa con un ramo de flores. Cuando las acepté agradecida le ofrecí mi mano a modo de saludo formal. Él se la quedó mirando y sin mediar palabra me clavó un beso en los labios. Muy corto, muy nervioso, muy poco beso. Noté que lo llevaba planeando desde que le confirmé mi llegada y que llevarlo a cabo le había costado un esfuerzo considerable. Ni rastro de aquel orgulloso gallito que me había escrito presa de una erección.

Tras las verificaciones propias del encuentro: yo era yo y él era él (el mismo que me había enviado por correo electrónico sus fotos vestido y desnudo), me dirigió educadamente hasta la parada del autobús que hace el trayecto entre Malpensa y Milano Centrale, la principal estación de trenes de la ciudad.

Ni rastro de la carroza de caballos o del Alfa Romeo Spider, cada uno pagó los 7 euros que costaba el recorrido y subimos al vehículo atestado de sudorosos turistas. Ni siquiera pudimos sentarnos juntos y así, cada uno por su lado, hicimos el viaje de 50 minutos hasta el centro urbano, a bordo de un pretencioso shuttle con ruedas, escuchando una emisora de radio local que retransmitía los resultados deportivos de la última jornada futbolística. El Inter campeón. Saqué el mp4 del bolso y me aislé para dejar de pensar en el culo en que me había metido.

Ya en la parada de Milano Centrale Enzo bajó primero y amablemente recogió mi equipaje del maletero y esperó a que yo descendiese del autobús y me reuniese con él. Dejó la maleta a mi lado y salió disparado. Finito. Quizá no le había gustado el diseño de la maleta o que yo sudara cuando me calentaba el sol. En la capital mundial del diseño cualquier fallo estético es imperdonable. Me apunté el tanto negativo con deportividad mientras veía correr a Enzo en pos de un tranvía naranja que le sacase de su promesa.

Levanté la vista y me encontré con la esbelta torre Pirelli, infalible y sin miedo a un gatillazo gracias a que el hormigón no peca de sentimentalismo. Imaginé, por el contrario, el cazzo de Enzo presa del pánico, otra víctima del machismo analfabeto que sigue perdiendo fuerza por la boca en vez de reservarla para darme placer hasta el desayuno de tres días después.

Enzo era el GrandeEnzo delante, o más bien detrás, de la pantalla de su ordenador. Allí, parapetado y armado, se sentía seguro porque todo lo que dijese no era necesario sostenerlo. Ciao, PiccoloEnzo.

Aunque no sé lo había dicho a mi efímero cicerone, conocía Milano muy bien y en previsión de que algo así pudiera pasar (o más bien, que fuera yo la que huyera de las garras de un depravado dotadísimo) había reservado una habitación en el hotel Johnny, muy cerca de la Fiera urbana.

Con la ciudad en obras por la ampliación del metropolitano, decidí tomar un tranvía hasta la estación de Cadorna y allí transbordar a un tren de cercanías que me dejaba muy cerca del hotel, en Domodossola.

Eran las 4 de la tarde y no había comido aún. Compré en un quiosco callejero una pizzeta margarita por 1 euro, un panini de jamón y queso y una botella de agua con gas. Esperando el tranvía di buena cuenta de estos manjares y recordé la pantagruélica cena que Enzo me había propuesto degustar en su villa del lago Como. Al menos me dio tiempo a echar un cigarrillo antes de subir al transporte.

A bordo del antiguo y encantador tranvía fui recorriendo las calles reconocibles y las olvidadas o transformadas tanto que ya no eran las que fueron. Soberbio el cementerio municipal, qué suerte la de sus muertos. 35 fachadas renacentistas y 24 barrocas después bajé a tierra firme.

Usando el mismo billete entré en la estación del Norte y aguardé 5 minutos a que parase en el andén el tren de cercanías. Conmigo subieron a él un grupo de adolescentes con sus mochilas y sus móviles y su arrogancia instintiva. A esa edad, pensé, se forjan los Enzo y compañía, bien porque lo tienen todo o quizá porque no conseguir lo que otros ostentan les sume en la frustración y la falta de respeto a sí mismos. Revisé mi adolescencia y como no me gustó lo que apareció, cambié de argumento: somos gilipollas a lo largo de toda la vida.

Mi estación era la siguiente, salí del tren y éste continúo en dirección al lago Como. Sonreí por ser ése el destino del que me apeaba. Caminé apenas 5 minutos hasta el hotel, me registré y subí a la habitación.

Lo primero que comprobé fue la conexión a internet. Era de vital importancia que pudiese conectarme al vídeo chat esa noche para seguir con este juego. La siguiente parada de mi viaje dependería de las pasiones que fuese capaz de despertar, de los insultos que me dedicasen y del ingenio que derrochasen mis admiradores. Por cualquiera de estas tres razones podía tomar un vuelo al día siguiente.

Tomé una ducha, me cambié de ropa y salí a pasear un rato. Deambulé por los bulevares ajardinados que me condujeron hasta el castillo Sforza y de allí a la Plaza del Duomo. Me dejé llevar por la riada humana hacia el interior de la Galleria cubierta de Vittorio Emanuele II, ornada por el lujo que se le exige a esta ciudad y macerada por las marcas exclusivas que todos llevan para sentirse diferentes.

Quise acercarme hasta el Cenacolo de Santa Maria delle Grazie por si me daba tiempo de ver ‘La última cena’ de Leonardo da Vinci, sin códigos ni ángeles ni demonios. No tuve suerte, Jesús y sus apóstoles ya habían recogido la mesa, puesto el lavavajillas y marchado a dormir (o a lo que acostumbrasen).

Deshice el camino y añadí un trozo hasta el teatro operístico de la Scala, curioseé el programa y advertí con alegría que un amigo, real y carnal, actuaría ahí el próximo mes. Lástima que el azar no nos hubiera hecho coincidir ahora, hoy. Le hubiéramos propuesto un trío a Enzo en el camerino de mi amigo, y si eso era demasiado para él, un entierro musicado a cargo de la orquesta nacional de Riga.

Obvié deliberadamente el corso Buenos Aires y sus famosas tiendas de moda y me fui directamente a un pequeño restaurante que ya había frecuentado en otras ocasiones por la zona de San Lorenzo. Pedí, obligada y deleitada por su aroma, un risotto a la milanesa, un tipo de arroz azafranado que acompañan con verduras y hortalizas de la región y que se puede regar con un vino áspero de la Toscana o con un cóctel típico a base de manzana, cinzano, ginebra y no sé cuántos ingredientes más. De postre un capuccino descafeinado y una porción de pannacotta.

Como me había sentado en la terraza exterior podía fumar a gusto sin asesinar cruelmente al resto de comensales, siempre y cuando encontrase mi mechero. Rebusqué en los bolsillos del pantalón y en el insondable fondo de mi bolso pero no lo hallé. Vi que a unos metros de mí había un camarero barriendo el suelo y le llamé para preguntarle si tenía fuego. Estaba de espaldas a mí y al principio no se dio por aludido. Insistí alzando un poco la voz y esta vez sí me prestó atención. Al girarse descubrí que era Enzo y él descubrió que era yo quien le solicitaba su ardiente servicio.

Pobre hombre. Qué poema de cara. Se excusó como pudo por no tener lumbre y trató de excusarse también por la espantada de esa tarde, pero no quise escucharlo y corté su discurso pidiendo la cuenta. Enzo se retiró servicial al interior del restaurante y yo desistí de fumar hasta que llegase al hotel. Lo más parecido a un polvo malo.

A los pocos minutos salió de nuevo con un platillo en la mano con la cuenta y una caja de cerillas. Eché un rápido vistazo a la cantidad y saqué del monedero dos billetes de 20 euros que dejé sobre el platillo. Pedí el bolígrafo a Enzo, que esperaba que todo aquello acabase pronto esquivando mi mirada, y apunté en la solapa de la caja de cerillas el nombre del hotel en que me alojaba y el número de mi teléfono móvil.

Coloqué la caja de cerillas sobre los billetes y le entregué el platillo a Enzo al tiempo que me levantaba y recogía mi bolso. Enzo tomó el platillo y sin decir nada guardó la caja de cerillas en su delantal. Me tendió la mano a modo de despedida y yo le devolví el beso sorpresa en la boca que él me había dado en el aeropuerto unas horas antes. No se retiró pero lo sentí incómodo. Así nos despedimos por segunda vez en el mismo día.

Yo salí del restaurante y él recorrió el pasillo hacia la caja para entregar el dinero. No sé por qué se me ocurrió girarme para verle el culo por última vez, quizá el cóctel me había puesto más cachonda de lo que pensaba, el caso es que lo hice y al fijarme en su figura pude ver cómo tiraba la caja de cerillas al cubo de la basura. Ése era mi Enzo. No me defraudó.

Paré un taxi en viale Cassala para ir al hotel y en el trayecto aproveché para contestar los sms recibidos y revisar la lista de llamadas perdidas. Nada destacable. Por suerte no había mucha circulación y tardamos poco. Al salir del coche pedí fuego al conductor, encendí un pitillo y me quedé fumando en la entrada al hotel. Un señor mayor paseaba a su perro y no pude evitar agacharme para juguetear con el animal. Pregunté a su dueño cómo se llamaba. Enzo, me contestó. Bueno, parece que al final se había animado a hacerme una visita y se dejaba querer, sobre todo por debajo de las orejas y la panza.

Apagué el cigarrillo, cogí la llave de mi habitación y subí en el ascensor. Ya dentro preparé el escenario para mi nueva aparición. En esta ocasión lo haría en lencería, a cara descubierta, me daba igual que alguien me reconociese, si estaba por allí sería porque buscaba los mismo que yo.

Entré en el vídeo chat, encendí la cámara web y esperé. Hasta en las orgías virtuales y globales, en la que se dan cita exhibicionistas y mirones de todos los husos horarios hay que tener paciencia. Observé mi imagen, provocativa y casi desnuda, la que otros verían al entrar en la sala de charla, y me gustó.

Esa imagen me llevaría a coger un avión, o un tren, como ya lo había hecho al traerme hasta Milano. Si los admiradores que estaban por venir supieran que me iba a tomar al pie de la letra sus invitaciones posiblemente se lo pensarían dos veces.

Yo era un simple objeto de su deseo, relativamente alcanzable en la distancia, una soledad paralela a la suya de la que esperan simplemente que mienta como lo hacen ellos para salvaguardar la coherencia y el sentido de este sitio.

No buscan una compañía eterna que envejezca a su lado, probablemente eso ya lo tienen. Para ellos, y ellas, este tipo de contacto aséptico es mucho más satisfactorio porque juegan a ser la persona que les hubiera gustado ser. El resto, la realidad, siempre es una mierda adolescente. O un culo lleno de verdades.

Algo que corroboró el GrandeEnzo, ya sin delantal de camarero, al entrar a mi sala. Así que la siguiente etapa del viaje quedaba postergada porque ahora tocaba jugar.